LOS BOULEVARES, LAS VACAS Y PARIS
Cuando uno llega a un monte virgen y se convierte en uno de sus primeros habitantes puede contemplar la increíble transformación que produce el humano en un hábitat natural. 
En menos de un año y medio, aquello que era un lugar deshabitado y salvaje, ahora tenía varias casas con sus terrenos delimitados por prolijos alambrados y precisos ángulos rectos. Los primeros que notaron el cambio fueron los animales. Al principio, mi casa era la única y al no tener siquiera alambrados fue incorporada como algo más del monte. Por la noche solían pasar las vacas de camino a la laguna por alrededor de la cabaña. Alguna que otra apoyaba incluso su cabeza contra la ventana empañando el vidrio con el soplido de su respiración. Durante un mes que estuve de viaje, dos lechuzas entraron por un ventiluz e hicieron su hogar dentro de mi cabaña. Por las mañanas, apenas salía el sol, grupos de gallinas salvajes (que parecían velociraptors en miniatura) pasaban delante de mi puerta hablando con extraños sonidos entre ellas. Nunca supe de donde venían ni hacia dónde iban. También ocurría que a veces dejaba sobras de comida afuera y por la noche venían las comadrejas y los cuises para hacerse el festín. Pero entonces un lugareño me dijo que eso era muy peligroso. No por las comadrejas ni por los cuises, si no por las víboras. Estas, al descubrir que esos animales se juntaban periódicamente a comer en un lugar preciso, se instalaban silenciosas en las cercanías para devorarlos en algún descuido. Y entonces:… “las va a tener a las víboras siempre alrededor de la casa, ¿vio?  Con usted no se van a meter, pero no es cómodo andar con ellas cerca, uno nunca sabe cuando tienen un día atravesado y son muy venenosas”
Así era el panorama  cuando llegué y era el único habitante, pero pronto empezó el gran desmonte y al mismo tiempo que aparecieron los alambrados, desaparecieron los animales.
Ante nuestro avance como “civilización”, los animales se alejan. Al campo, a la montaña, a la selva o al bosque, no importa. Se alejan, se relajan y se dejan caer de nuevo en la naturaleza. Toman distancia, porque si bien tienen su idea del “territorio” y lo defienden, desconocen el concepto del “alambrado”.  El “territorio” es el lugar natural en donde ellos consiguen todo aquello para la subsistencia, va variando con las migraciones de su alimento o las distintas temporadas de las pasturas y los ríos. El alambrado es algo estático, una imposición de leyes humanas que la naturaleza y el cosmos desconoce, quizás más ligado al temor de perder “algo”.
¿Quizás por eso el hombre se concentra hasta hacinarse en lugares bien delimitados? ¿Será para sentir amparo ante la imposibilidad de demostrarse que puede tener un territorio allí donde vaya?
Pero volvamos a la naturaleza. Luego de desplazar a los animales y a la flora autóctona, el homo sapiens comienza con otra lenta selección: La del humano “que saca” al humano del poblado. Pero no es “cualquier humano” el que expulsa de la ciudad a “cualquier humano”.
Paris, 1852, estamos en los días del Segundo Imperio. El emperador Napoleón III piensa que es necesario realizar un cambio radical en el trazado urbano de Paris. Gran parte de la ciudad tiene un “diseño medieval de calles angostas y serpenteantes”. Generalmente esto ocurre en los barrios en donde están los vecinos de menos recursos. Allí viven hacinados y en condiciones sanitarias que facilitan las epidemias ya que entre otras cosas, deben echar las aguas servidas a las estrechas calles ante la falta de desagües o cualquier otro sistema parecido a una cloaca.
Entonces el emperador se reunió con el funcionario George Haussmann y le dijo de manera tajante: “Hay que limpiar Paris”. Cuentan que acentúo la palabra “limpiar” con un arqueo de cejas a lo cual Haussmann asintió con un asimétrico gesto de su boca.
Haussman tomó un plano de la ciudad y comenzó su trabajo trazando líneas de un lado a otro. Al terminarlo no había quedado ni una “de las serpenteantes y angostas calles medievales”. Tampoco se podían encontrar rastros de los barrios bajos, y menos de sus habitantes quienes habían sido “gentilmente” mudados a la periferia de la ciudad.
La nueva Paris estaba cruzada por amplios y elegantes boulevares, rodeados de árboles, y jardines con bonitas veredas en donde uno podía encontrar los mejores cafés y las tiendas de moda. Además recorriéndolos, uno podía ver una exquisita estructura edilicia que mantenía una armonía en diseño y altura.
Pero este cambio no obedeció nada más  a una segregación encubierta, disfrazada de cuestión estética y sanitaria. No. Napoléon III tenía un motivo oculto. En los años 1830 y 1848 estallaron dos revoluciones en Paris. Durante aquellos eventos el pueblo tomó la capital a golpes de barricadas. En la última hubo unas 1500 y así, con las calles cortadas y tomadas, los “revoltosos” consiguieron paralizar la ciudad para poner en jaque “al poder”.  Y Napoleón III pensó: “Ahora el poder soy yo”. El sabía muy bien que una barricada solo se podía construir físicamente en una calle angosta. Por eso, en la nueva París, las calles deberían ser lo más anchas posibles. Esos boulevares permitirían el rápido movimiento de las tropas imperiales para reprimir a los “potenciales sublevados” que ahora estaban “reubicados” en la periferia de la ciudad. Además estas anchas avenidas estaban conectadas con los ferrocarriles. De esta manera, si las fuerzas del orden parisinas eran superadas, podían llegar en su apoyo y rápidamente por el tren, las tropas de refuerzos del interior de Francia . Era todo perfecto. Un mundo en orden y feliz.
Pero hubo algo que quizás no tuvieron en cuenta ni el emperador, ni Haussman, ni la feliz burguesía que aplaudía a la nueva ciudad: De la misma manera que las tropas se podían mover rápidamente para ir a reprimir a los suburbios, ahora también los habitantes de esos distritos podían acceder fácilmente, por esos mismos boulevares, al centro de París de manera directa y en pocos minutos. O sea, que a la vez, se había abierto un gran canal por el cual podían ir y venir a su gusto aquellos que habían sido marginados por el proyecto Haussmann y Napoleón III.
Si hacemos un paralelo a nuestros días podríamos hacernos una interesante pregunta: ¿No pasó lo mismo con el “proyecto internet”? ¿No es internet el un gran boulevard del siglo 21? 
“Internet”, en principio, fue un elegante y fluído “canal” pensado para el uso de una elite. Pero por ese canal comenzaron a pasar cosas extrañas: Por ejemplo, que un chico toba del Chaco conozca a uno de Madrid y juntos puedan entrar a un salón virtual del museo del Louvre y discutir sobre si la mirada de la Gioconda es más enigmática que su sonrisa. Eso a muchos no les gustó. Y para colmo de males, en poco tiempo ese distinguido boulevard se llenó de millones de habitantes de los suburbios que se movían de forma anárquica y azarosa por sus veredas, cafés, tiendas y plazas
Muchos se preguntaron qué hacer. Alguien sugirió que había que concentrar ese caos para no perder el control. ¿Pero cómo lograr manipular a tantos millones de personas tan dispersas y tan diferentes? ¿Cómo hacer para meterlos dentro de unos alambrados que a la vez no debían desentonar con la arquitectura del Gran Boulevar? 
Entonces alguien desarrolló una idea tan simple como perversa y funcional y así creó… “Las Redes Sociales”.
El nuevo gurú ciber Haussmann profetiza: “Pasearan por el Gran boulevar, si, pero por donde nosotros les digamos. El precio será revelarnos qué piensan, en dónde estuvieron, quienes son sus amigos, que idea política tienen y cuáles son sus deseos… de esta manera, nos será muy fácil domesticarlos y para domesticarlos les brindaremos el poder de indignarse con solo apretar una tecla y  les haremos creer que son verdaderos revolucionarios aún sin poner un pie fuera de sus casas”
Hace unos minutos que amaneció. Es la mejor hora para salir al jardín. Aunque aún yo no he puesto ningún alambrado, tengo la casa rodeada porque heredé los que han colocado mis vecinos que son más prolijos. El único que me falta es el que da a la calle. Justamente allí está él parado: Un gran toro negro. Me mira como calculando algo. Pienso por un instante que sería grandioso que intentara embestirme.

Pero solo me mira. Toma aire profundo, se da vuelta y se va... dejándome absolutamente desamparado en mi jaula.


Boulevard des Capuchines
Pintado por Claude Monet en 1874
EL RIO, EL TIEMPO Y THOREAU

Era el único camino para salir de aquel lugar y a un lado tenía una laguna. Cuando llovía, la laguna se desbordaba, pasaba por encima del camino y salía del otro lado en forma de río que se perdía en el campo. Entonces, cuando la tormenta duraba varios días nosotros, los modernos colonos con internet, quedábamos literalmente aislados. Y lo cierto es que antes de que invadamos aquel ecosistema, el camino no era un camino, y el agua se escurría libre. Habíamos interrumpido su paso para nuestro paso,  o sea, existía ahora una disputa entre nosotros y la naturaleza. Eso fue hasta que un día llegaron unas maquinas enormes que cavaron por debajo del camino y pusieron un caño comunicando la laguna con el río y dejando la ruta seca por encima. Obviamente un evento así hizo que los diez vecinos del barrio nos acercáramos a ver los trabajos. Comentábamos lo curioso que era que el caño no estuviera puesto justo en donde el agua cruzaba por encima del camino, sino a varios metros haciendo una gran “U” para reencontrarse con el río del otro lado. Alguien se animó a preguntarle el porqué a uno que parecía un ingeniero. Nos explicó que no era bueno que el agua pasase derecho. Había que darle más recorrido. Y agregó, como una ley universal, “Nunca es bueno que un río vaya en línea recta y corra tan rápido”. Instantáneamente pensé en Henry David Thoreau que alguna vez dijo: “El tiempo no es sino la corriente de este río en el que estoy pescando”. Y luego mezclé ambas frases en mi cabeza y entonces me quedó “Nunca es bueno que el tiempo vaya en línea recta y corra tan rápido”.
Henry David Thoreau fue un escritor, un filósofo, un naturalista y un agrimensor que en 1845 se construyó una cabaña a la orilla de un lago y allí se fue a vivir por dos años. Quería enfrentar de manera profunda y espartana a los hechos esenciales de la vida sin la necesidad de la engañosa “protección” de la sociedad. Ese falso “orden” que adormece al humano para convertirlo en un cuerpo económicamente productivo y políticamente dócil. Thoreau quería vivir la vida, y no vivir “lo que le decían que era” la vida. Igualmente un día dejó la cabaña y fue al pueblo. El recaudador de impuestos al verlo le exigió que pagara lo que le debía al estado, a lo que Thoreau se negó. Le explicó de manera un tanto vehemente que él no daría su dinero a un gobierno que acababa de invadir Texas, que aniquilaba a las poblaciones nativas y que le negaba a las mujeres sus derechos básicos. El resultado fue una noche en la cárcel. Pero ésto no le disgustó, porque él sabía que en el fondo, toda esa sucesión de eventos tenía que ver con lo que él deseaba conocer de la vida real: El estado versus Thoreau.
De esos años escribió luego “Walden o la vida en los bosques”, un ensayo en el que cuenta su vida mano a mano con la naturaleza y “Desobediencia Civil” otro ensayo que escribió para una conferencia en el cual planteaba, entre otras cosas, que el hombre primero debía ser un individuo para luego convertirse en un ciudadano. “Desobediencia Civil” fue el libro de cabecera de Mahatma Ghandi, quien lo leyó por primera vez en una cárcel de Sudáfrica. También reconocieron haberlo leído y haber recibido su inspiración  Martin Luther King, John Fitzgerald Kenedy, Ernest Hemingway, León Tolstoi y Marcel Proust.
Abro paréntesis: De los seis, cuatro murieron por las balas (de armas ajenas y propias) y dos de neumonía. Cierro paréntesis.
Vuelvo al “río” de mi casa y al ingeniero y a Thoreau todo entrelazado en “Nunca es bueno que el tiempo vaya en línea recta y corra tan rápido”.
¿Por qué hay que entretener tanto al angosto río antes de que desemboque? ¿Cuál sería el problema de que llegue pronto al océano? ¿Por qué exponerlo incluso a que una sequía lo deje a medio de la llanura consumiéndose  entre las grietas de una tierra árida?
“No nos pertenecemos” insiste Thoreau, “perdemos nuestra vida tratando de ganarla, vivimos como máquinas… y entregamos siempre nuestra vida al mañana”.
E l mañana puede ser el océano y el océano… la libertad. Pero nos suelen confundir, nos dicen que el océano es la muerte. Entonces mejor dar vueltas, no llegar pronto. Y cuantos más recovecos tenga el cauce del pequeño río, mejor. No importa que por momentos se convierta incluso en un infame hilo de agua. No. Desembocar sería “trágico” y nadie quiere llegar a la muerte ni siquiera, aquellos que creen que luego hay una vida mejor. Por eso, cada vez que el cauce se hace muy recto, nos indican que busquemos una curva que nos salve de tanto vértigo. Hay que retrasar la desembocadura. Porque una vez ahí, nadie nos dirá por donde ir, no estarán las dos orillas y habremos quedado a merced… a merced… ¿De nosotros mismos?
Usamos nuestro tiempo para pagar puntualmente por cada una de las curvas de nuestra angosta cotidianeidad en un mundo en donde la libertad es la promesa que nunca debe ser alcanzada. Hay que “no estar” en el presente, hay que vivir en el mañana. Vivir el presente nos invocaría de manera dramática el hecho de que nadie sale vivo del agua: Allí donde estemos, nos evaporaremos hacia el cielo o nos tragará la tierra. Y si vivimos con la promesa del mañana, descuidamos nuestro presente y siempre alguien se aprovecha de esa situación. Y de ese descuido nace un orden social y paradigmas que nos hacen olvidar, que lo único que tenemos entre el nacimiento y la muerte es un poco de tiempo. Añoramos el océano pero nos morimos de miedo de “desembocar”.
Después de un año de convivir con él y de tenerlo a 50 metros de la puerta de mi casa se me ocurre seguir al angosto río ¿A dónde iría? Luego de un kilómetro se mete en un campo en el cual ya no puedo pasar. Vuelvo a casa y le pregunto al vecino si él sabe adónde va. Me explica que desemboca en el Gran río Uruguay, pero “no lo vas a creer, antes pasa por debajo del Banco de la Provincia” en plena ciudad.
Thoreau  murió de apenas 44 años. Escapó del destino de las armas pero no de la neumonía.  Vivió devorándose la vida a cada minuto, como si hubiese intuido que su tiempo no era mucho. Yo creo que sí lo sabía. Yo creo que si hiciésemos un profundo silencio en el medio del bullicio cotidiano, conoceríamos con impecable exactitud la fecha en que debemos entregar este cuerpo. Pero sería insoportable. Estaríamos expuestos a muchas cosas… entre ellas a la felicidad.
Mi perro y sus amigos han encontrado divertido entrar por un lado del entubado y salir por el otro. Para ellos todo es una posibilidad de juego. Ni siquiera les molesta quedar todos mojados y oler horrible.
Si no los hubiésemos domesticado, serían lobos e irían en línea al océano… de eso no tengo ninguna duda.

El río Sena a través de los ojos de Vincent Van Gogh.
Es un lienzo de 1887 pintado tres años antes de su muerte... y quedó sin terminar.



EL BAR DE TALES 
(DE MILETO)

Un nuevo bar se acababa de inaugurar en la ciudad. Se llamaba “Tales y cuales”. Fuimos a conocerlo y apenas llegamos notamos algo realmente novedoso para estos tiempos: La música ambiente se hallaba apenas como un fondo, a un volumen tal, que todos podíamos escucharnos y hablar sin la necesidad de recurrir a gritos o a gestos. Pudimos volver al viejo arte de la charla, incluso con pausas y silencios.
En la mesa de al lado están sentados “A” y “B”. Los escucho hablar. Los conozco. “A” le está reprochando algo a “B”. Le dice que si se hubiese esforzado como él, ahora sería dueño de un auto y por ejemplo, esa noche no tendría que pasar frío al volver caminando a su casa… Y le recuerda que además, si habría aceptado aquella vez entrar a trabajar a la oficina con “A”, ya estaría a menos de una década de jubilarse. Se lo dice “porque lo quiere”, aclara. “B” le retruca que no es ningún mérito ir al mismo lugar a repetir una rutina durante 30 años, no al menos para la  evolución humana. “A” le insiste a “B” que en realidad él nunca se quiso “esforzar” y que las cosas se logran con “esfuerzo”. “B” le repite que ni loco hubiera resistido siquiera un año de esa vida, incluso si le hubiesen jurado que al final del camino le esperaba el paraíso con autos últimos modelos y bellas mujeres. Y le recuerda a “A” que a él, por esos 30 años, apenas le prometieron una jubilación y remedios con descuento para enfermedades que seguro, le trajeron el sedentarismo y la rutina mental. “A” entonces lo crucifica y le dice a “B” qué en verdad él no tiene “el temple” ni “el coraje” para lograr las cosas porque siempre toma el camino más fácil, y se lo dice “porque lo quiere”. “B” se para y  le contesta que, si él lo hubiera deseado, no sólo estaría trabajando con “A”, sino que seguramente ya sería su jefe. “A” repite algo del esfuerzo diario y el mérito y bla bla bla y “B” luego de sacarle un cigarrillo, deja a “A” hablando solo y se va afuera a fumar.
Unos seiscientos años antes de Cristo en una ciudad llamada Mileto que quedaba en la actual costa de Turquía, vivía un hombre a quien muchos hoy consideran el primer filósofo de occidente: Tales. Se lo etiqueta como el primero porque predijo un eclipse con fecha exacta. Antes, los hechos cósmicos y los fenómenos de la naturaleza eran atribuidos a la voluntad caprichosa y arbitraria de algunos dioses y todo solía explicarse a través de mitos. Por ejemplo, si un barco naufragaba en el medio de una tormenta, se podía decir que Poseidón estaba de mal humor, que no validaba ese viaje y que seguro algún tripulante había cometido alguna desavenencia que lo había hecho enojar y que era mejor que esa nave terminara en el fondo del mar… Bien, dicen que Tales fue el primer occidental que intentó conocer la verdad del mundo mediante explicaciones racionales dejando a un lado los mitos y leyendas. Así fue que, el 28 de mayo de 585 antes de Cristo, predijo un eclipse. Su ciudad, Mileto, era un territorio conquistado, o sea que muchas culturas convivían en esas fronteras imperiales de los griegos. No podemos deducir con exactitud cómo fue que lo predijo, ya que no ha dejado nada escrito, pero sabemos que estuvo en Egipto con su padre cuando era joven y que solía debatir con astrónomos babilónicos. El día del eclipse habría una batalla entre Medos y Lidios y Tales paradójicamente utiliza este conocimiento científico y lo disfraza de mito para detener la batalla. Les dice a los contendientes que suspendan ese enfrentamiento porque sino los dioses se enojarían y les quitarían el sol, y bla bla bla. Por supuesto, suspender una batalla cuando ya todos están en el campo  es burocráticamente muy complicado. Pero cuentan que a poco de comenzado el combate, el sol se ocultó y todos recordaron la sentencia de Tales. Entonces decidieron dejar para otro día la lucha y no enojar a esos dioses que se llevaban el sol.
Y así, paradójicamente, la primera aparición de una explicación científica en occidente queda “eclipsada” detrás de una amenaza mitológica.
Tales iba sorprendiendo a todos con sus métodos deductivos y sus teoremas que permitían calcular desde el exacto límite de una parcela  después de que el río borrara los mojones luego de una inundación, hasta saber cuánto medían las pirámides.
Pero un día Tales se encontró con un tipo bastante rico que empezó a cuestionarle para qué le servía su sabiduría. Si tanto sabía, porqué no vivía como un rey, como él.  Porqué andaba siempre con la misma ropa y con las mismas sandalias y su casa era una casa como la de cualquier ciudadano mediopelo de la polis.
Tales le contestó que a él no le interesaba usar su tiempo para demostrar opulencia y que prefería mejor destinarlo a aprender la lógica de la naturaleza y del cosmos. Este hombre rió y siguió reprochándole que en realidad Tales no tenía la capacidad para ser rico y que por eso debía conformarse con esa estupidez de las estrellitas, los planetas y las matemáticas.
Uno puede ser el hombre más seguro del universo pero cuando algunas personas invaden nuestra mente con sus opiniones y esa invasión nos quita tiempo, hay que poner una puerta entre ellos y nuestros atemporales deseos. Dicen que Tales le dijo algo como: “Ya vas a ver cuando nos volvamos a encontrar”, a lo que el hombre seguramente respondió con una sonrisa agitando su collar de oro mientras se alejaba llevado en andas por sus sirvientes. Tales entonces desvió algo de sus talentos para estudiar la forma de hacerse rico. Así descubrió que en la zona de Mileto y Quíos habría una buena cosecha de aceitunas ese año . Si sus cálculos eran correctos, las lluvias y el caudal de los ríos favorecerían el crecimiento de los olivares, mucho más que en años anteriores. Habría miles de toneladas de aceitunas para fabricar miles de litros de aceite… Entonces pensó Tales: “Para hacer el aceite hay que prensar las aceitunas. Prensar… prensas… ¡Prensas!!”
Entonces silenciosamente fue adquiriendo todas las prensas de la zona de Mileto y de Quío.
La cosecha fue efectivamente extraordinaria. Y por supuesto todo aquel que quisiera hacer aceite de oliva, debía terminar en la casa de Tales alquilándole una prensa. Acumuló una innecesaria fortuna solo para demostrar que el teorema de la meritocracia jamás nos hubiera dado la vacuna de la polio pero si muchos profesores de biología que se jubilarían rigurosamente a los treinta años de trabajo.
Afuera hace frío, lo veo a “B” que ya ha terminado su cigarrillo. Haber salido del adoctrinador reproche de “A” lo ha cruzado con “N” una ex novia. “B” y “N” hablan y se ríen. “N” se toca el pelo. “A” mira esa escena desde adentro, haciéndose el que no ve. “B” le apoya la palma de la mano en la mejilla a “N”. “N” entrecierra los ojos. Se besan. “N” le señala su auto y con un tic de cabeza le pide que la siga. “B” sube al auto con calefacción de “N”.
Este, claro, habría sido el final si los dioses hubieran tenido un desliz de sensibilidad.
Lo cierto es que “B” termina su cigarrillo y muerto de frío entra. “A” le dice que no se enoje, que “lo quiere”. “B” le pide si lo lleva a su casa. “A” asiente mientras toma el ticket de la cuenta y hace el gesto de “Dejá, pago yo”. Ambos desaparecen por la puerta fraternalmente abrazados. Al fin y al cabo, son los mismos amigos que entraron un par de horas antes.
Apenas unos minutos después, llega “N” con unas amigas y se sienta en la misma mesa vacía que dejaron “A” y “B”.
Un movimiento lógico y matemático de los dioses… Ni Tales no lo hubiera calculado mejor
EN EL BAR DE TALES,
escuchando a "A" y a "B" (detrás)

EL BOSQUE DE RAY BRADBURY


En el campo se ve venir la tormenta. Y siempre, alguna de las ventanas de la casa te avisa. Donde vivo generalmente son las que dan al oeste. Ellas enmarcan al cielo oscuro como a un cuadro con un lienzo vivo de nubes que avanzan al ras del verde. Al no haber edificios, ni paredes, el viento tiene mucho espacio para tomar velocidad y no detenerse. Es la posibilidad de uno de sentirse mano a mano con los eventos naturales. En la ciudad incubadora eso es casi imposible. A la más mínima brisa, una bufanda y un antigripal. Aquí los árboles se arquean, el techo de la casa cruje quejándose y muchas veces, como ahora,  hasta la luz se corta. Entonces la oscuridad es total.
A una cuadra, en la casa del vecino más cercano, se ve un fugaz resplandor en la ventana, un brillo que luego no se apaga del todo y se hace penumbra. Encendió una vela. Inútilmente busco una en mi casa porque se que no hay. Durante unos minutos uso la luz del teléfono. Y cuando se termina la batería también se detiene la tormenta. Silencio total. Me siento en la puerta de mi casa frente a la noche oscura. No puedo hacer absolutamente nada de lo cotidiano del siglo 21. Vuelvo a mi infancia, allá en los principios de los setenta, y empiezo a buscar figuras en los contornos de los árboles del bosque que hay enfrente. Cuando la vista se agudiza veo que hay un hombre y una mujer de eucalipto que se besan. La figura es perfecta. Pienso en que llevo meses aquí y nunca los había visto. El perro entonces corre al bosque y persigue algo, le ladra, lo rodea, vuelve, y me invita a perseguirlo juntos… pero no se ve nada para adentrarse sin un olfato como el de él... y uno nunca sabe que se puede encontrar en el bosque… ¿O si?
Los bosques siempre tuvieron algo de mágico. Muchos escritores los eligieron como escenario para contar sus historias. Allí podíamos encontrar a Robin Hood y a sus secuaces, al lobo, a las lisérgicas hadas, a los enanos que rescatan a Blancanieves, a algunos ogros, a los elfos, a las brujas de Blairwitch… y hasta a el Dante, que estuvo un tiempo perdido en aquel bosque oscuro…
El bosque es misterio pero también es refugio. El que vive en el bosque, de alguna ú otra manera, no está a gusto con la sociedad. La primera vez que escuché una historia que ocurría en un bosque no fue ni la de Caperucita, ni la de Hansel y Gretel…  Tampoco me la relataron en el jardín de infantes,  o me la leyeron mis padres para que me duerma. No. Mi abuelo fue quien les ganó de mano a todos. Y así me contó Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury. ¿Era mucho para un chico que no había cumplido los cinco años? Tal vez. El hecho es que desde ese momento, para mi el bosque es el de esa novela ¿Y qué ocurría allí? En  ese bosque vivían los hombres/libros.
La novela Farenheit 451 fue escrita en 1953 en apenas nueve semanas por Ray Bradbury  y la acción ocurre en un futuro muy parecido a estos años dos mil.  Es una sociedad en la que ocurren cosas extrañas: Por ejemplo los bomberos no apagan el fuego sino que lo provocan. Es que la autoridad ha prohibido los libros y la misión de ellos es ir a incendiarlos allí donde estuviesen ¿Por qué? Porque el gobierno ha diseñado un único mensaje para que la gente sea productivamente feliz y políticamente dócil. Para eso los atiborran de información superficial y cada vez más segmentada a través de varios medios y de esta forma los hacen sentir que saben de todo, y hasta que están generando una opinión por su propia voz. Pero esa información proviene de un mensaje direccionado, de un solo origen, de una sola ideología y con un solo fin: Dominar fácilmente a las masas a través de una falsa sensación de plenitud ¿Y por qué quemar los libros? Porque los libros tienen diferentes ideas, casi tantas como autores. Los libros son el caos, si hasta hay autores que se contestan posturas filosóficas a través de sus ensayos y novelas. Además un mismo libro puede dar distintos puntos de vista sobre cualquier tema y hasta generar tantos razonamientos como gente lo haya leído. Justamente lo que el gobierno de este sociedad futura no quiere ¿Por qué melancolizar a la sociedad con dudas y preguntas con miles de respuestas, cuando pueden acceder fácilmente a ser felices a través de un única respuesta proveniente de un único mensaje?
Pero hablábamos de los bosques y de los hombres/libros. En ese futuro, hubo gente que no estuvo de acuerdo con hacer desaparecer los libros. Y levantaron sus voces. Muchos fueron “neutralizados” y nunca más se supo de ellos. Al ver esto, otros decidieron esconder los libros en silencio para salvarlos. Pero eran delatados y muchas veces hasta quemados junto a los libros y sus casas. Había que pensar una estrategia. Entonces alguien tuvo una idea: ¿Por qué cada uno de ellos no memorizaba un libro, o dos, o fragmentos? De esa manera invisible al poder, mantendrían la memoria de las voces que construyeron esa civilización, con sus aciertos y sus errores, no importa.
Todos estuvieron de acuerdo
Estos hombres/libros deambulaban por los alrededores de la gran ciudad y se movían constantemente pero no se alejaban. La autoridad los detenía pero al revisarlos, nada encontraban. Lo oculto es lo que está pero que no se ve. Y lo libros estaban ocultos en sus mentes. Y rodeaban la ciudad como al acecho porque sabían “algo”… “algo” que la gente de la ciudad ignoraba: Según los ciclos de la historia narrados en sus libros/mente ellos podían calcular que pronto habría una guerra y a pesar de la infinita felicidad de sus habitantes, las ciudades serían destruidas. Entonces ellos tendrán una gran misión: reconstruir la historia, recuperar la memoria. Para eso recitarían a viva voz todo aquello que estaba en los libros. Y quienes los escuchen lo repetirán a sus hijos y estos a su vez a sus hijos…
El bosque de los hombres/libro se me hizo siempre melancólico. Ellos estaban ahí sabiendo que había un trágico final y no podían siquiera revelarlo porque los matarían de inmediato por profetizar en contra de la felicidad.
Luego de la gran explosión y aún cubiertos de polvo, su líder, el buen Granger, les dijo: “Encontraremos a muchos solitarios la semana próxima, y el mes próximo y el año próximo. Y cuando esta gente nos pregunte qué hacemos, podemos responder: Recordamos. Así triunfaremos en última instancia. Y algún día recordaremos tanto que construiremos la más grande excavadora de la historia y cavaremos la tumba más grande de todos los tiempos y echaremos allí a la guerra y cubriremos la tumba”
De pronto volvió la luz a mi casa y perdí de vista al hombre y la mujer de eucalipto que se besaban en el bosque de enfrente ¿Por qué nunca los había visto en todos esos meses? Conecto el teléfono y comienza el sonido frenético de los mensajes y las notificaciones recordándome que estoy en el siglo 21. Voy hasta una valija en la que aún están los libros sin desembalar. Mentalmente se dónde está. De repente, ese mismo ejemplar de tapa lila que me leyera mi abuelo ahora está en mis manos. Empiezo a leer:
“Era un placer quemar. Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennnegrecidas y cambiadas…”

Cerré el libro y repetí la frase. 





EL MITO DE LAS SIETE MUJERES

Mis amigos se incomodan cuando siendo las tres de la mañana y quedando apenas cuatro  sobrevivientes a la fiesta no me solidarizo para jugar al truco en parejas. Les explico en vano que por esta vida y la que sigue ya he utilizado todas mis horas de jugar a las cartas. Mis tías abuelas y mi abuela solían juntarse los sábados y a veces también los domingos a hacer eternas maratones de “canasta”. Yo era el primer todo: hijo, nieto, sobrino nieto, sobrino, y además el primer varón de una dinastía de mujeres y más mujeres. Por lo que era el príncipe e infaltable invitado a las partidas. Ellas jugaban y charlaban. Por momentos me hacían salir de la mesa para contar algo que no debía escuchar. La mayoría de sus conversaciones eran entretenidas, me sentía bien entre “mis viejas” y además, no me gustaba la gente de mi edad. Mi abuelo tenía un héroe: Julio Verne. Ibamos a ver las películas sobre sus novelas y además me compraba libros con sus historias adaptados para niños como yo, con ilustraciones y todo. Recuerdo “De la Tierra a la luna” y “Viaje al centro de la Tierra”. Me fascinaba ese universo aventurero científico. Y entonces venía yo del Nautilius junto al Capitán Nemo  y me cruzaba con mis amigos en la vereda, y me era tedioso escucharlos hablar de Tom y Jerry o Pluto, o Guffy o Dumbo… “¿No se dan cuenta que la voz de Bambi era la de una persona grande imitando a un animalito y que los animales además no hablan?” Era cuestión de creer y me habían dejado muchas horas  al cuidado de  mi abuelo, un tipo hosco que le daba la espalda al sistema, que no creía en nada que no se comprobase que se había tomado el trabajo de aprender el esperanto y que además había tenido hijas mujeres por lo que veía en mi a su proyección más cercana. Me había enseñado a ver al titiritero antes que a los títeres. Veía reírse a mis amigos y yo me esforzaba con soñar con el Pato Donald pero era inútil. No tenía la magia del mito, necesaria para atravesar la vida, en realidad no la conocí jamás.
En la historia “el mito” ha sido muy desacreditado a partir de la aparición de los primeros filósofos griegos allá por el siglo IV antes de Cristo. Sin embargo no se puede negar que el mito fue un disparador para los grandes descubrimientos: “¿Cómo??? ¿Que la tierra es plana y está sobre cuatro tortugas y además es el centro del universo? ¡Pues yo creo que es imposible!! ¡A desafiar al mito entonces!!! ¡Tú, te inventas un telescopio y tú te subes a un barco y navegas hacia allá!” Claro que el mito puede ser considerado también  ese “mientras tanto” hasta que llegue la ciencia a interpretar el universo y sus leyes naturales por la experimentación a través de métodos racionales y bla bla bla. La ciencia, tan soberbia que piensa que la filosofía fue solo el nexo entre ella y la religión y bla bla bla.
Pero hubo una historia de esas que contaban mis parientas en aquellas tardes que me marcó. Un mito que me llevó muchos años resolver de manera científica.
Anochece y  mientras cerraba una canasta, mi tía Luz Divina dice: “Y claro, eso pasa porque en el mundo hay siete mujeres por cada hombre”. Levanto la vista por encima de mis cartas, y las miro a todas y cada una. Las demás asienten y sigue el juego. Nadie cuestiona, nadie se opone. Claro que tampoco nadie da un sustento racional a tal terrible revelación para un niño al que hasta ese entonces, ninguna chica le había dedicado siquiera una gesto amable y menos aún un beso o una frase de amor…  Y entonces me pregunté: ¿Por qué a mis siete años no habían aparecido aún ninguna de estas damitas que estadísticamente podrían desear estar conmigo aunque no sea por la escasez?
Ese mito sin embargo sirvió para que me envalentonara. Intenté agradar y hasta me vestí y peiné al estilo de los cantantes que veía en las tapas de los discos. En esos años pensaba para mis adentros: “Seguro que había sido un tema de distracción mío,  ellas seguro que estaban pero yo no las había visto…”
Pasó el tiempo y nada, cero… no diría tampoco que fracasé a esa edad. Podría decir, que no había tenido éxito.
Y cómo el tiempo antes no estaba hiperconectado como ahora e iba al ritmo de los pies de uno, pasaron muchos años hasta que decidí ir por la verdad. Tendría yo unos 13 y se me ocurrió consultar algunas enciclopedias en las que discriminaban la cantidad de habitantes entre hombres y mujeres en diferentes países

Anoté muchos datos y los cotejé. El mito debía tener un sustento y en esa búsqueda llegué por fin a saber porqué se había esparcido la leyenda de las siete mujeres por cada hombre. A favor del mito había un siete, eso era cierto. Pero no se aplicaba como decía mi tía Luz Divina. El asunto era así: Por cada 100 mujeres había 93 hombres, o sea que cada 100 mujeres había 7 que se quedarían sin que las saquen a bailar. Esto era más lógico, y además, por unos años me sentí mejor.

Con el tiempo realicé mi propio estudio a prueba y error y así elaboré algunas reflexiones. Lo primero que pensé es que este desequilibrio no solo era un “problema” para esas 7 mujeres sino para los 93 hombres que intuían que en algunas de esas 7 podía estar el AMOR de su vida que no era precisamente esa novia, mujer, cónyuge o concubina que reposaba a su lado al amanecer o en la siesta del domingo luego de haber comido un buen plato de ravioles con tuco.

La incógnita a despejar es puntual: ¿Quiénes serían estas 7 mujeres?... ¿Las 7 más lindas? ¿Las 7 más feas, las 7 más altas, las 7 más dulces, las 7 más crueles?

El tema es que son 7, número místico e impar… ¿Qué ocurre cuando uno se cruza con una de ellas?, ¿Qué puede pasar cuando una de estas mujeres roza nuestro corazón?

Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero dicen que muchos no han sido los mismos luego de esa experiencia: El tener un encuentro con una mujer que se sabe fuera de la equidad de las matemáticas, puede desencadenar desde un hecho mágico hasta una terrible catástrofe. ¿Por qué? Simple: Un hombre sabe que tiene el poder de ser correspondido entre 93 posibilidades, lo que lo hace en cierta manera vulnerable y dependiente de ciertas leyes del ida y vuelta afectivo, o sea, se enamora y hasta sufre, en cambio, algunas de estas 7 mujeres sabe que ya hay 93 colegas suyas que se ocuparán de tales menesteres sentimentales, entonces se sienten libres, autónomas, livianas, etéreas porque saben que hay otras 93 que se repartirán el trabajo sucio: desde cocinar hasta tener que recibir un obvia carta de amor en una tarjeta con un atardecer que en la portada dirá algo como “Nuestro amor es…”

En ese conocimiento de su "no necesidad de corresponder" que tienen estas mujeres, reside el peligro al que nos vemos expuestos los hombres al caer en sus brazos. Es probable que cuando suspiremos acurrucados en su pecho de repente nos aparten y sin decir “agua va”, nos digan con una sonrisa: “Sabés qué mi amor? … ya me cansé de vos, de tu mirada de pavo y de tu amor con forma de chocolate, así que, ahí está la puerta y si… ya se que son las tres de la mañana y llueve, pero yo no tengo la culpa de que no tengas auto…"

Claro que siempre hay alguna excepción en toda regla y es la que se le reveló a un amigo cuando una de estas 7 mujeres olvidó la agenda en su casa: Indiscretamente la recorrió de pe a pa y descubrió que en ella solo tenía agendados 92 números de teléfonos de hombres… entonces supo que, a pesar de todo, nadie (inclusive alguna de estas 7) nadie puede vivir sin amor, y tiró la agenda y cerró su puerta con 7 llaves y por una semana no atendió el teléfono y cuando se sintió a salvo, invitó a salir a la chica de la panadería, que cocinaba unos riquísimos pastelitos de dulce de membrillo y le gustaba dormirse entre sus brazos mirando películas de amor.

Y es por eso, que no me gusta jugar a las cartas.

GUSTAV KLIMT
(1862 - 1918)